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SEMANA DE ACCIÓN DEL TRANSPORTE

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#RecuperarLoArrebatado

El sindicato rechaza la posible congelación salarial e intensificará las movilizaciones ante la pasividad del Gobierno respecto a seguir trabajando para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado para 2018.

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#ArdeGalicia

CCOO incide en que “los incendios forestales se apagan desde el 1 de enero al 31 de diciembre”

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Huelga general Servicio Exterior 16O

Más de un 80% del personal de las embajadas y consulados secunda la huelga general para exigir que el Ministerio de Hacienda y Función Pública cumpla de una vez con los mecanismos de actualización salarial previstos en sus acuerdos.

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El número de asuntos por órgano judicial ingresados en 64 de los 431 partidos judiciales sobrepasa con creces la media nacional y aboca a determinados órganos judiciales al colapso

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7 de octubre, Jornada Mundial por el Trabajo Decente

Stop precariedad y siniestralidad

El pasado sábado se celebró la Jornada Mundial por el Trabajo Decente. El trabajo decente es un derecho humano y por lo tanto debe ser reconocido y desarrollado por los poderes públicos. El trabajo decente tiene que ser saludable para las clases trabajadoras y debe servir para cohesionar y redistribuir la riqueza en la sociedad.

Opinión

7 de octubre, Jornada Mundial por el Trabajo Decente

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09/10/2017 | Ángel Moreno, secretario de Salud Laboral de FSC-CCOO
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Repensar el sindicato

#ReclamacionTemporales

#ReclamacionTemporales

Documentos

09.10.2017

Por un trabajo decente que garantice la salud laboral de las personas trabajadoras

El derecho al trabajo decente viene recogido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Naciones Unidas, 1976). Este derecho al trabajo decente recoge entre sus características esenciales el derecho a la seguridad, salud e higiene. En su artículo 7 se reconoce de manera expresa “el derecho de toda persona al goce de condiciones de trabajo equitativas y satisfactorias que le aseguren en especial, la seguridad y la higiene en el trabajo; el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental”.

Este pacto internacional, junto al Pacto internacional de derechos civiles y políticos y la Declaración Universal de Derechos Humanos, constituyen lo que se ha dado en definir la Carta Internacional de Derechos Humanos.

Con lo cual el derecho al trabajo decente en toda su extensión, incluida la salud laboral, es un derecho humano y es importante que tengamos constancia de ello. Los derechos humanos no se negocian, se reivindican y se exige su cumplimiento.

El nuevo paradigma de relaciones de producción del capitalismo neoliberal está caracterizado por la precarización. Este modelo entra en franca confrontación con el derecho humano al trabajo decente. La llegada de la crisis supuso una ruptura del contrato social, y un desarrollo del modelo neoliberal hegemónico, fruto de una nueva concepción del capitalismo globalizado cuyo objetivo era el aumento exponencial de la plusvalía del capital. Esta implementación del modelo neoliberal, que en nuestro país tiene su mayor hito en la reforma del año 2012 del Estatuto de los Trabajadores, consolida en nuestra economía este modelo de trabajo precario.

Desde una perspectiva de salud laboral, la precariedad se caracteriza por una temporalidad muy acusada y por la vulnerabilidad de las trabajadoras y trabajadores.

Con la actual estructura de contratación, donde según datos oficiales el 25% de los nuevos contratos firmados en 2016 duraron menos de una semana y el 38% menos de un mes, se hace inviable el cumplimiento de la normativa internacional y nacional en salud laboral. Con contratos de tan poca duración es inviable formar al personal trabajador en salud laboral, informarle de los riesgos en el desempeño de su trabajo y cualquier evaluación de riesgos laborales.

La segunda dimensión es la vulnerabilidad, que se sustancia en lo que se ha definido como el miedo a perder el trabajo. La existencia de lo que en términos clásicos se denominó el ejército de desempleados permanente, concepto desarrollado por Marx en “El capital” y que se refiere a la existencia estructural de una población excedentaria como fuerza de trabajo que favorece las necesidades de acumulación del capital, está creando una cultura general de miedo a perder el trabajo. Esto conlleva que sean los propios trabajadores y trabajadoras las que asumen la salud laboral como un elemento accesorio en sus condiciones de trabajo y donde sitúan su seguridad y salud laboral como un riesgo a asumir para no perder el trabajo. A ello hay que añadir le enorme prevalencia de los riesgos psicosociales en las relaciones laborales vulnerables.

Esta nueva categoría de trabajo precario tiene una incidencia directa sobre la siniestralidad laboral. Según los datos del propio Ministerio de Empleo, la siniestralidad laboral aumenta en España desde el año 2012 y, por tanto, la precariedad se convierte en un elemento determinante en el repunte de los accidentes laborales.

El avance de estadísticas de accidentes de trabajo del periodo de enero a julio de 2017, publicado en la web del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, confirma la tendencia de aumento de la siniestralidad.

En este avance de datos se aprecia un incremento del 6% en el número de accidentes con baja respecto al mismo periodo del año anterior. Los accidentes en jornada de trabajo crecen independientemente de su nivel de gravedad, destacando los graves (+8,3%) y los mortales (+6,7%). En cuanto a los accidentes in itinere, aumentan los leves (+5,5%) y los graves (+14,1%), aunque se produce un descenso en los mortales (-21,7%).

El trabajo, su ausencia, naturaleza y condiciones son elementos determinantes para las condiciones sociales, derechos y el estado de salud de la población. El trabajo nunca es neutral en salud: genera enfermedad o general salud.

La manera como nuestra sociedad globalizada organiza el trabajo no contribuye a la creación de una sociedad saludable. Por eso cuando defendemos un trabajo decente y saludable, estamos defendiendo una sociedad donde el reparto de la riqueza genere menos enfermedad y cree cohesión social y no fractura entre clases.

Ver documento

09.10.2017

Por un trabajo decente que garantice la salud laboral de las personas trabajadoras

El derecho al trabajo decente viene recogido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Naciones Unidas, 1976). Este derecho al trabajo decente recoge entre sus características esenciales el derecho a la seguridad, salud e higiene. En su artículo 7 se reconoce de manera expresa “el derecho de toda persona al goce de condiciones de trabajo equitativas y satisfactorias que le aseguren en especial, la seguridad y la higiene en el trabajo; el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental”.

Este pacto internacional, junto al Pacto internacional de derechos civiles y políticos y la Declaración Universal de Derechos Humanos, constituyen lo que se ha dado en definir la Carta Internacional de Derechos Humanos.

Con lo cual el derecho al trabajo decente en toda su extensión, incluida la salud laboral, es un derecho humano y es importante que tengamos constancia de ello. Los derechos humanos no se negocian, se reivindican y se exige su cumplimiento.

El nuevo paradigma de relaciones de producción del capitalismo neoliberal está caracterizado por la precarización. Este modelo entra en franca confrontación con el derecho humano al trabajo decente. La llegada de la crisis supuso una ruptura del contrato social, y un desarrollo del modelo neoliberal hegemónico, fruto de una nueva concepción del capitalismo globalizado cuyo objetivo era el aumento exponencial de la plusvalía del capital. Esta implementación del modelo neoliberal, que en nuestro país tiene su mayor hito en la reforma del año 2012 del Estatuto de los Trabajadores, consolida en nuestra economía este modelo de trabajo precario.

Desde una perspectiva de salud laboral, la precariedad se caracteriza por una temporalidad muy acusada y por la vulnerabilidad de las trabajadoras y trabajadores.

Con la actual estructura de contratación, donde según datos oficiales el 25% de los nuevos contratos firmados en 2016 duraron menos de una semana y el 38% menos de un mes, se hace inviable el cumplimiento de la normativa internacional y nacional en salud laboral. Con contratos de tan poca duración es inviable formar al personal trabajador en salud laboral, informarle de los riesgos en el desempeño de su trabajo y cualquier evaluación de riesgos laborales.

La segunda dimensión es la vulnerabilidad, que se sustancia en lo que se ha definido como el miedo a perder el trabajo. La existencia de lo que en términos clásicos se denominó el ejército de desempleados permanente, concepto desarrollado por Marx en “El capital” y que se refiere a la existencia estructural de una población excedentaria como fuerza de trabajo que favorece las necesidades de acumulación del capital, está creando una cultura general de miedo a perder el trabajo. Esto conlleva que sean los propios trabajadores y trabajadoras las que asumen la salud laboral como un elemento accesorio en sus condiciones de trabajo y donde sitúan su seguridad y salud laboral como un riesgo a asumir para no perder el trabajo. A ello hay que añadir le enorme prevalencia de los riesgos psicosociales en las relaciones laborales vulnerables.

Esta nueva categoría de trabajo precario tiene una incidencia directa sobre la siniestralidad laboral. Según los datos del propio Ministerio de Empleo, la siniestralidad laboral aumenta en España desde el año 2012 y, por tanto, la precariedad se convierte en un elemento determinante en el repunte de los accidentes laborales.

El avance de estadísticas de accidentes de trabajo del periodo de enero a julio de 2017, publicado en la web del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, confirma la tendencia de aumento de la siniestralidad.

En este avance de datos se aprecia un incremento del 6% en el número de accidentes con baja respecto al mismo periodo del año anterior. Los accidentes en jornada de trabajo crecen independientemente de su nivel de gravedad, destacando los graves (+8,3%) y los mortales (+6,7%). En cuanto a los accidentes in itinere, aumentan los leves (+5,5%) y los graves (+14,1%), aunque se produce un descenso en los mortales (-21,7%).

El trabajo, su ausencia, naturaleza y condiciones son elementos determinantes para las condiciones sociales, derechos y el estado de salud de la población. El trabajo nunca es neutral en salud: genera enfermedad o general salud.

La manera como nuestra sociedad globalizada organiza el trabajo no contribuye a la creación de una sociedad saludable. Por eso cuando defendemos un trabajo decente y saludable, estamos defendiendo una sociedad donde el reparto de la riqueza genere menos enfermedad y cree cohesión social y no fractura entre clases.

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09.10.2017

Por un trabajo decente que garantice la salud laboral de las personas trabajadoras

El derecho al trabajo decente viene recogido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Naciones Unidas, 1976). Este derecho al trabajo decente recoge entre sus características esenciales el derecho a la seguridad, salud e higiene. En su artículo 7 se reconoce de manera expresa “el derecho de toda persona al goce de condiciones de trabajo equitativas y satisfactorias que le aseguren en especial, la seguridad y la higiene en el trabajo; el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental”.

Este pacto internacional, junto al Pacto internacional de derechos civiles y políticos y la Declaración Universal de Derechos Humanos, constituyen lo que se ha dado en definir la Carta Internacional de Derechos Humanos.

Con lo cual el derecho al trabajo decente en toda su extensión, incluida la salud laboral, es un derecho humano y es importante que tengamos constancia de ello. Los derechos humanos no se negocian, se reivindican y se exige su cumplimiento.

El nuevo paradigma de relaciones de producción del capitalismo neoliberal está caracterizado por la precarización. Este modelo entra en franca confrontación con el derecho humano al trabajo decente. La llegada de la crisis supuso una ruptura del contrato social, y un desarrollo del modelo neoliberal hegemónico, fruto de una nueva concepción del capitalismo globalizado cuyo objetivo era el aumento exponencial de la plusvalía del capital. Esta implementación del modelo neoliberal, que en nuestro país tiene su mayor hito en la reforma del año 2012 del Estatuto de los Trabajadores, consolida en nuestra economía este modelo de trabajo precario.

Desde una perspectiva de salud laboral, la precariedad se caracteriza por una temporalidad muy acusada y por la vulnerabilidad de las trabajadoras y trabajadores.

Con la actual estructura de contratación, donde según datos oficiales el 25% de los nuevos contratos firmados en 2016 duraron menos de una semana y el 38% menos de un mes, se hace inviable el cumplimiento de la normativa internacional y nacional en salud laboral. Con contratos de tan poca duración es inviable formar al personal trabajador en salud laboral, informarle de los riesgos en el desempeño de su trabajo y cualquier evaluación de riesgos laborales.

La segunda dimensión es la vulnerabilidad, que se sustancia en lo que se ha definido como el miedo a perder el trabajo. La existencia de lo que en términos clásicos se denominó el ejército de desempleados permanente, concepto desarrollado por Marx en “El capital” y que se refiere a la existencia estructural de una población excedentaria como fuerza de trabajo que favorece las necesidades de acumulación del capital, está creando una cultura general de miedo a perder el trabajo. Esto conlleva que sean los propios trabajadores y trabajadoras las que asumen la salud laboral como un elemento accesorio en sus condiciones de trabajo y donde sitúan su seguridad y salud laboral como un riesgo a asumir para no perder el trabajo. A ello hay que añadir le enorme prevalencia de los riesgos psicosociales en las relaciones laborales vulnerables.

Esta nueva categoría de trabajo precario tiene una incidencia directa sobre la siniestralidad laboral. Según los datos del propio Ministerio de Empleo, la siniestralidad laboral aumenta en España desde el año 2012 y, por tanto, la precariedad se convierte en un elemento determinante en el repunte de los accidentes laborales.

El avance de estadísticas de accidentes de trabajo del periodo de enero a julio de 2017, publicado en la web del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, confirma la tendencia de aumento de la siniestralidad.

En este avance de datos se aprecia un incremento del 6% en el número de accidentes con baja respecto al mismo periodo del año anterior. Los accidentes en jornada de trabajo crecen independientemente de su nivel de gravedad, destacando los graves (+8,3%) y los mortales (+6,7%). En cuanto a los accidentes in itinere, aumentan los leves (+5,5%) y los graves (+14,1%), aunque se produce un descenso en los mortales (-21,7%).

El trabajo, su ausencia, naturaleza y condiciones son elementos determinantes para las condiciones sociales, derechos y el estado de salud de la población. El trabajo nunca es neutral en salud: genera enfermedad o general salud.

La manera como nuestra sociedad globalizada organiza el trabajo no contribuye a la creación de una sociedad saludable. Por eso cuando defendemos un trabajo decente y saludable, estamos defendiendo una sociedad donde el reparto de la riqueza genere menos enfermedad y cree cohesión social y no fractura entre clases.

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09.10.2017

Por un trabajo decente que garantice la salud laboral de las personas trabajadoras

El derecho al trabajo decente viene recogido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Naciones Unidas, 1976). Este derecho al trabajo decente recoge entre sus características esenciales el derecho a la seguridad, salud e higiene. En su artículo 7 se reconoce de manera expresa “el derecho de toda persona al goce de condiciones de trabajo equitativas y satisfactorias que le aseguren en especial, la seguridad y la higiene en el trabajo; el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental”.

Este pacto internacional, junto al Pacto internacional de derechos civiles y políticos y la Declaración Universal de Derechos Humanos, constituyen lo que se ha dado en definir la Carta Internacional de Derechos Humanos.

Con lo cual el derecho al trabajo decente en toda su extensión, incluida la salud laboral, es un derecho humano y es importante que tengamos constancia de ello. Los derechos humanos no se negocian, se reivindican y se exige su cumplimiento.

El nuevo paradigma de relaciones de producción del capitalismo neoliberal está caracterizado por la precarización. Este modelo entra en franca confrontación con el derecho humano al trabajo decente. La llegada de la crisis supuso una ruptura del contrato social, y un desarrollo del modelo neoliberal hegemónico, fruto de una nueva concepción del capitalismo globalizado cuyo objetivo era el aumento exponencial de la plusvalía del capital. Esta implementación del modelo neoliberal, que en nuestro país tiene su mayor hito en la reforma del año 2012 del Estatuto de los Trabajadores, consolida en nuestra economía este modelo de trabajo precario.

Desde una perspectiva de salud laboral, la precariedad se caracteriza por una temporalidad muy acusada y por la vulnerabilidad de las trabajadoras y trabajadores.

Con la actual estructura de contratación, donde según datos oficiales el 25% de los nuevos contratos firmados en 2016 duraron menos de una semana y el 38% menos de un mes, se hace inviable el cumplimiento de la normativa internacional y nacional en salud laboral. Con contratos de tan poca duración es inviable formar al personal trabajador en salud laboral, informarle de los riesgos en el desempeño de su trabajo y cualquier evaluación de riesgos laborales.

La segunda dimensión es la vulnerabilidad, que se sustancia en lo que se ha definido como el miedo a perder el trabajo. La existencia de lo que en términos clásicos se denominó el ejército de desempleados permanente, concepto desarrollado por Marx en “El capital” y que se refiere a la existencia estructural de una población excedentaria como fuerza de trabajo que favorece las necesidades de acumulación del capital, está creando una cultura general de miedo a perder el trabajo. Esto conlleva que sean los propios trabajadores y trabajadoras las que asumen la salud laboral como un elemento accesorio en sus condiciones de trabajo y donde sitúan su seguridad y salud laboral como un riesgo a asumir para no perder el trabajo. A ello hay que añadir le enorme prevalencia de los riesgos psicosociales en las relaciones laborales vulnerables.

Esta nueva categoría de trabajo precario tiene una incidencia directa sobre la siniestralidad laboral. Según los datos del propio Ministerio de Empleo, la siniestralidad laboral aumenta en España desde el año 2012 y, por tanto, la precariedad se convierte en un elemento determinante en el repunte de los accidentes laborales.

El avance de estadísticas de accidentes de trabajo del periodo de enero a julio de 2017, publicado en la web del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, confirma la tendencia de aumento de la siniestralidad.

En este avance de datos se aprecia un incremento del 6% en el número de accidentes con baja respecto al mismo periodo del año anterior. Los accidentes en jornada de trabajo crecen independientemente de su nivel de gravedad, destacando los graves (+8,3%) y los mortales (+6,7%). En cuanto a los accidentes in itinere, aumentan los leves (+5,5%) y los graves (+14,1%), aunque se produce un descenso en los mortales (-21,7%).

El trabajo, su ausencia, naturaleza y condiciones son elementos determinantes para las condiciones sociales, derechos y el estado de salud de la población. El trabajo nunca es neutral en salud: genera enfermedad o general salud.

La manera como nuestra sociedad globalizada organiza el trabajo no contribuye a la creación de una sociedad saludable. Por eso cuando defendemos un trabajo decente y saludable, estamos defendiendo una sociedad donde el reparto de la riqueza genere menos enfermedad y cree cohesión social y no fractura entre clases.

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Por un trabajo decente que garantice la salud laboral de las personas trabajadoras

El derecho al trabajo decente viene recogido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Naciones Unidas, 1976). Este derecho al trabajo decente recoge entre sus características esenciales el derecho a la seguridad, salud e higiene. En su artículo 7 se reconoce de manera expresa “el derecho de toda persona al goce de condiciones de trabajo equitativas y satisfactorias que le aseguren en especial, la seguridad y la higiene en el trabajo; el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental”.

Este pacto internacional, junto al Pacto internacional de derechos civiles y políticos y la Declaración Universal de Derechos Humanos, constituyen lo que se ha dado en definir la Carta Internacional de Derechos Humanos.

Con lo cual el derecho al trabajo decente en toda su extensión, incluida la salud laboral, es un derecho humano y es importante que tengamos constancia de ello. Los derechos humanos no se negocian, se reivindican y se exige su cumplimiento.

El nuevo paradigma de relaciones de producción del capitalismo neoliberal está caracterizado por la precarización. Este modelo entra en franca confrontación con el derecho humano al trabajo decente. La llegada de la crisis supuso una ruptura del contrato social, y un desarrollo del modelo neoliberal hegemónico, fruto de una nueva concepción del capitalismo globalizado cuyo objetivo era el aumento exponencial de la plusvalía del capital. Esta implementación del modelo neoliberal, que en nuestro país tiene su mayor hito en la reforma del año 2012 del Estatuto de los Trabajadores, consolida en nuestra economía este modelo de trabajo precario.

Desde una perspectiva de salud laboral, la precariedad se caracteriza por una temporalidad muy acusada y por la vulnerabilidad de las trabajadoras y trabajadores.

Con la actual estructura de contratación, donde según datos oficiales el 25% de los nuevos contratos firmados en 2016 duraron menos de una semana y el 38% menos de un mes, se hace inviable el cumplimiento de la normativa internacional y nacional en salud laboral. Con contratos de tan poca duración es inviable formar al personal trabajador en salud laboral, informarle de los riesgos en el desempeño de su trabajo y cualquier evaluación de riesgos laborales.

La segunda dimensión es la vulnerabilidad, que se sustancia en lo que se ha definido como el miedo a perder el trabajo. La existencia de lo que en términos clásicos se denominó el ejército de desempleados permanente, concepto desarrollado por Marx en “El capital” y que se refiere a la existencia estructural de una población excedentaria como fuerza de trabajo que favorece las necesidades de acumulación del capital, está creando una cultura general de miedo a perder el trabajo. Esto conlleva que sean los propios trabajadores y trabajadoras las que asumen la salud laboral como un elemento accesorio en sus condiciones de trabajo y donde sitúan su seguridad y salud laboral como un riesgo a asumir para no perder el trabajo. A ello hay que añadir le enorme prevalencia de los riesgos psicosociales en las relaciones laborales vulnerables.

Esta nueva categoría de trabajo precario tiene una incidencia directa sobre la siniestralidad laboral. Según los datos del propio Ministerio de Empleo, la siniestralidad laboral aumenta en España desde el año 2012 y, por tanto, la precariedad se convierte en un elemento determinante en el repunte de los accidentes laborales.

El avance de estadísticas de accidentes de trabajo del periodo de enero a julio de 2017, publicado en la web del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, confirma la tendencia de aumento de la siniestralidad.

En este avance de datos se aprecia un incremento del 6% en el número de accidentes con baja respecto al mismo periodo del año anterior. Los accidentes en jornada de trabajo crecen independientemente de su nivel de gravedad, destacando los graves (+8,3%) y los mortales (+6,7%). En cuanto a los accidentes in itinere, aumentan los leves (+5,5%) y los graves (+14,1%), aunque se produce un descenso en los mortales (-21,7%).

El trabajo, su ausencia, naturaleza y condiciones son elementos determinantes para las condiciones sociales, derechos y el estado de salud de la población. El trabajo nunca es neutral en salud: genera enfermedad o general salud.

La manera como nuestra sociedad globalizada organiza el trabajo no contribuye a la creación de una sociedad saludable. Por eso cuando defendemos un trabajo decente y saludable, estamos defendiendo una sociedad donde el reparto de la riqueza genere menos enfermedad y cree cohesión social y no fractura entre clases.

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El derecho al trabajo decente viene recogido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Naciones Unidas, 1976). Este derecho al trabajo decente recoge entre sus características esenciales el derecho a la seguridad, salud e higiene. En su artículo 7 se reconoce de manera expresa “el derecho de toda persona al goce de condiciones de trabajo equitativas y satisfactorias que le aseguren en especial, la seguridad y la higiene en el trabajo; el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental”.

Este pacto internacional, junto al Pacto internacional de derechos civiles y políticos y la Declaración Universal de Derechos Humanos, constituyen lo que se ha dado en definir la Carta Internacional de Derechos Humanos.

Con lo cual el derecho al trabajo decente en toda su extensión, incluida la salud laboral, es un derecho humano y es importante que tengamos constancia de ello. Los derechos humanos no se negocian, se reivindican y se exige su cumplimiento.

El nuevo paradigma de relaciones de producción del capitalismo neoliberal está caracterizado por la precarización. Este modelo entra en franca confrontación con el derecho humano al trabajo decente. La llegada de la crisis supuso una ruptura del contrato social, y un desarrollo del modelo neoliberal hegemónico, fruto de una nueva concepción del capitalismo globalizado cuyo objetivo era el aumento exponencial de la plusvalía del capital. Esta implementación del modelo neoliberal, que en nuestro país tiene su mayor hito en la reforma del año 2012 del Estatuto de los Trabajadores, consolida en nuestra economía este modelo de trabajo precario.

Desde una perspectiva de salud laboral, la precariedad se caracteriza por una temporalidad muy acusada y por la vulnerabilidad de las trabajadoras y trabajadores.

Con la actual estructura de contratación, donde según datos oficiales el 25% de los nuevos contratos firmados en 2016 duraron menos de una semana y el 38% menos de un mes, se hace inviable el cumplimiento de la normativa internacional y nacional en salud laboral. Con contratos de tan poca duración es inviable formar al personal trabajador en salud laboral, informarle de los riesgos en el desempeño de su trabajo y cualquier evaluación de riesgos laborales.

La segunda dimensión es la vulnerabilidad, que se sustancia en lo que se ha definido como el miedo a perder el trabajo. La existencia de lo que en términos clásicos se denominó el ejército de desempleados permanente, concepto desarrollado por Marx en “El capital” y que se refiere a la existencia estructural de una población excedentaria como fuerza de trabajo que favorece las necesidades de acumulación del capital, está creando una cultura general de miedo a perder el trabajo. Esto conlleva que sean los propios trabajadores y trabajadoras las que asumen la salud laboral como un elemento accesorio en sus condiciones de trabajo y donde sitúan su seguridad y salud laboral como un riesgo a asumir para no perder el trabajo. A ello hay que añadir le enorme prevalencia de los riesgos psicosociales en las relaciones laborales vulnerables.

Esta nueva categoría de trabajo precario tiene una incidencia directa sobre la siniestralidad laboral. Según los datos del propio Ministerio de Empleo, la siniestralidad laboral aumenta en España desde el año 2012 y, por tanto, la precariedad se convierte en un elemento determinante en el repunte de los accidentes laborales.

El avance de estadísticas de accidentes de trabajo del periodo de enero a julio de 2017, publicado en la web del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, confirma la tendencia de aumento de la siniestralidad.

En este avance de datos se aprecia un incremento del 6% en el número de accidentes con baja respecto al mismo periodo del año anterior. Los accidentes en jornada de trabajo crecen independientemente de su nivel de gravedad, destacando los graves (+8,3%) y los mortales (+6,7%). En cuanto a los accidentes in itinere, aumentan los leves (+5,5%) y los graves (+14,1%), aunque se produce un descenso en los mortales (-21,7%).

El trabajo, su ausencia, naturaleza y condiciones son elementos determinantes para las condiciones sociales, derechos y el estado de salud de la población. El trabajo nunca es neutral en salud: genera enfermedad o general salud.

La manera como nuestra sociedad globalizada organiza el trabajo no contribuye a la creación de una sociedad saludable. Por eso cuando defendemos un trabajo decente y saludable, estamos defendiendo una sociedad donde el reparto de la riqueza genere menos enfermedad y cree cohesión social y no fractura entre clases.

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Por un trabajo decente que garantice la salud laboral de las personas trabajadoras

El derecho al trabajo decente viene recogido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Naciones Unidas, 1976). Este derecho al trabajo decente recoge entre sus características esenciales el derecho a la seguridad, salud e higiene. En su artículo 7 se reconoce de manera expresa “el derecho de toda persona al goce de condiciones de trabajo equitativas y satisfactorias que le aseguren en especial, la seguridad y la higiene en el trabajo; el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental”.

Este pacto internacional, junto al Pacto internacional de derechos civiles y políticos y la Declaración Universal de Derechos Humanos, constituyen lo que se ha dado en definir la Carta Internacional de Derechos Humanos.

Con lo cual el derecho al trabajo decente en toda su extensión, incluida la salud laboral, es un derecho humano y es importante que tengamos constancia de ello. Los derechos humanos no se negocian, se reivindican y se exige su cumplimiento.

El nuevo paradigma de relaciones de producción del capitalismo neoliberal está caracterizado por la precarización. Este modelo entra en franca confrontación con el derecho humano al trabajo decente. La llegada de la crisis supuso una ruptura del contrato social, y un desarrollo del modelo neoliberal hegemónico, fruto de una nueva concepción del capitalismo globalizado cuyo objetivo era el aumento exponencial de la plusvalía del capital. Esta implementación del modelo neoliberal, que en nuestro país tiene su mayor hito en la reforma del año 2012 del Estatuto de los Trabajadores, consolida en nuestra economía este modelo de trabajo precario.

Desde una perspectiva de salud laboral, la precariedad se caracteriza por una temporalidad muy acusada y por la vulnerabilidad de las trabajadoras y trabajadores.

Con la actual estructura de contratación, donde según datos oficiales el 25% de los nuevos contratos firmados en 2016 duraron menos de una semana y el 38% menos de un mes, se hace inviable el cumplimiento de la normativa internacional y nacional en salud laboral. Con contratos de tan poca duración es inviable formar al personal trabajador en salud laboral, informarle de los riesgos en el desempeño de su trabajo y cualquier evaluación de riesgos laborales.

La segunda dimensión es la vulnerabilidad, que se sustancia en lo que se ha definido como el miedo a perder el trabajo. La existencia de lo que en términos clásicos se denominó el ejército de desempleados permanente, concepto desarrollado por Marx en “El capital” y que se refiere a la existencia estructural de una población excedentaria como fuerza de trabajo que favorece las necesidades de acumulación del capital, está creando una cultura general de miedo a perder el trabajo. Esto conlleva que sean los propios trabajadores y trabajadoras las que asumen la salud laboral como un elemento accesorio en sus condiciones de trabajo y donde sitúan su seguridad y salud laboral como un riesgo a asumir para no perder el trabajo. A ello hay que añadir le enorme prevalencia de los riesgos psicosociales en las relaciones laborales vulnerables.

Esta nueva categoría de trabajo precario tiene una incidencia directa sobre la siniestralidad laboral. Según los datos del propio Ministerio de Empleo, la siniestralidad laboral aumenta en España desde el año 2012 y, por tanto, la precariedad se convierte en un elemento determinante en el repunte de los accidentes laborales.

El avance de estadísticas de accidentes de trabajo del periodo de enero a julio de 2017, publicado en la web del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, confirma la tendencia de aumento de la siniestralidad.

En este avance de datos se aprecia un incremento del 6% en el número de accidentes con baja respecto al mismo periodo del año anterior. Los accidentes en jornada de trabajo crecen independientemente de su nivel de gravedad, destacando los graves (+8,3%) y los mortales (+6,7%). En cuanto a los accidentes in itinere, aumentan los leves (+5,5%) y los graves (+14,1%), aunque se produce un descenso en los mortales (-21,7%).

El trabajo, su ausencia, naturaleza y condiciones son elementos determinantes para las condiciones sociales, derechos y el estado de salud de la población. El trabajo nunca es neutral en salud: genera enfermedad o general salud.

La manera como nuestra sociedad globalizada organiza el trabajo no contribuye a la creación de una sociedad saludable. Por eso cuando defendemos un trabajo decente y saludable, estamos defendiendo una sociedad donde el reparto de la riqueza genere menos enfermedad y cree cohesión social y no fractura entre clases.

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