Leer el número: de la migración al saldo migratorio

  • “Pero la ciencia es incompatible con lo inefable: necesita decir la ‘vida’ si quiere transformarla” (Roland Barthes, 1958).

¿Hasta qué punto cuantificar algo puede desvirtuar la ‘vida’ de ese algo? ¿Cómo no caer en la trampa de dar tanta importancia a la cantidad que lo cuantificado queda en el olvido? Esta sociedad capitalista con una fuerte presencia ideológica del neoliberalismo, nos incita a valorar cuantificando, a usar indicadores, como el euro, que ponen valor de cantidad a acontecimientos o situaciones. ¡Todo tiene un precio! Es su cínica máxima.

25/07/2018. Alberto Bonilla Macarrón, Gabinete Técnico FSC-CCOO
CCOO aboga por un sistema común europeo de asilo, garantista y eficaz

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Éste procedimiento acarrea que la cantidad establezca una supremacía sobre lo que cuantifica y, con ello, enmascara el sentido de “lo cuantificado” con el valor de la cantidad. Podemos escuchar o decir: “Tengo cien libros”. Si ponemos el foco en la cantidad, cien, la interpretación que haremos es que son muchos o pocos, pero el tipo de libros, sus temas y autores quedarán relegados a un segundo lugar, cuando no encubiertos y relegados al olvido. La procedencia de los libros y su comprensión como objetos que tienen una elaboración y de los/as actores/as que los elaboran, quedará velada u oculta. Así, si el producto como mercancía tiene esa característica de fetiche de la que Marx hablaba, esta lectura de su cuantificación se hace cómplice del fetichismo y colabora en la ocultación de la mercancía como proceso que incluye una agencia humana (incluso en el caso de que los robots formen parte de la cadena de producción).

Suponemos que la intencionalidad de lo que se quiere expresar parte de que el libro tiene un atributo que es la cantidad que tengo, cien. Es decir, “el número es un atributo de la unidad[1] a la que cuantifica (u ordena)” y no “la unidad un atributo del número”: libro no es un atributo de cien. Pero cuando hacemos hincapié en la cantidad y/o damos por sabida la “vida” que entraña la unidad a la que hacemos referencia, lo que está ocurriendo es una inversión del sentido de nuestra expresión. El grito ¡Son personas, no son números! se convierte, mediante la inversión, en ¡Son números, no son personas! Para acabar significando ¡Son números! mediante el olvido de las personas.

Así, la re-significación pasa por hacer sujeto de la oración al número cuantificado. Ahora, el predicado de las proposiciones no hace referencia a las personas, sino a su cantidad.

Al igual que la utilización del refranero conlleva el peligro de que el refrán piense por nosotros/as (los refranes tienen una carga ideológica, en cuanto cómo se “interpreta el mundo”), la prevalencia de la cuantificación nos marca el conjunto de interpretaciones coherentes posibles y por lo tanto aceptables para un discurso lógico. Así, la lógica, como conjunto de proposiciones que se relacionan como verdad o falsedad, queda enmarcada dentro de lo meramente cuantitativo. Esta lógica se deshumaniza, no considera “la vida”, se vuelve “fría”. Esta lógica es uno de los soportes sobre los que basan “su coherencia” los discursos neoliberales. Olvidar y ocultar lo que hay detrás de los números -delante sería lo correcto-, permite obviar la explotación de los trabajadores/as; permite ver el producto del trabajo, la mercancía, como un hecho mágico cuyo proceso histórico y explicativo no es desvelable. Lo que queda es la mera descripción como explicación y este es otro de los pilares que sustentan, abusivamente, las lógicas discursivas del neoliberalismo, la descripción engulle a la explicación, “esto es lo que hay”, “las cosas son como son”, “sí o sí”, “es de sentido común”, “es lo normal”, etc.

La ideología neoliberal, como máxima expresión actual de la ideología de la burguesía, necesita convivir con valores sociales que la contradicen y que dicen promover, como la libertad, la igualdad (liberté, egalité et fraternité). El neoliberalismo ya ni menciona a la fraternidad, la han sustituido por la justicia y la justicia por la legalidad y cuando no, por la caridad.

Estos últimos años hemos podido observar cómo las actuaciones de los Gobiernos del PP se basaban en hacer política desvirtuándola en un simple trámite administrativo legal. La disputa personificada entre el Ministro de Hacienda y Función Pública, Cristóbal Montoro, con el Concejal de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid, Carlos Sánchez Mato, se tradujo en una contienda entre un discurso cuantitativo y legalista y otro fundamentalmente político. Los argumentos del ministro se basaron en la primacía de la cantidad y la legalidad: el incumplimiento del techo de gasto por un montante de 17 millones de euros en 2015 y el desbordamiento del gasto permitido en 244 millones de euros en 2017. Por parte del concejal, se respondía con la “vida” que hay detrás de esas cantidades, como la devolución de la paga extra a los funcionarios retenida en 2012, la inversión en guarderías, colegios, servicios sociales, entre otras actuaciones municipales. Todo esto quedó oculto en el discurso del ministro: en él, los números, apoyados en la legalidad, quitaron la “vida” a las actuaciones municipales.

En este caso, la legalidad también queda desprovista de la acción humana, se habla de ella como si no hubiera personas que la crean y la aplican; como si la legalidad no tuviera contexto. El ministro hizo de la legalidad el resultado aparente de la magia, cuando no de un acto divino. Se lee la ley, se la describe y cuando se explica, se hace en un modelo macroeconómico que a su vez ha sido desposeído del conflicto de intereses que subyace bajo él y, por lo tanto, de lo que nos afecta para nuestra “vida”. En el discurso neoliberal IPC, PIB, lVA, IRPF, etc. ya no son siglas (I.P.C.). Ha aumentado el nivel de ocultación de sus significados, ahora son acrónimos (IPC) que ayudan a olvidar sus verdaderos significados.

La cuantificación que vela, que esconde lo que cuantifica, forma parte de un modo de persuadir sobre la verdad de lo que estamos expresando que consiste en dar a nuestra expresión la apariencia de verdad “científica” e identificar a la “ciencia de verdad”, a “la auténtica ciencia”, con las “ciencias duras” en las se incluyen las disciplinas de las matemáticas y la física.

Si nos fijamos en un acontecimiento histórico como es el proceso de las migraciones, gritar: “Son personas, no son números”, supone dignificar a los migrantes y atender el problema viendo los orígenes socioeconómicos y/o políticos que provocan las migraciones. Pero curiosamente podemos observar que muy frecuentemente, en vez de usar la palabra migración como “desplazamiento geográfico de individuos o grupos, generalmente por causas económicas o sociales”[2], se utiliza, como el Instituto Nacional de Estadística (INE), el término “flujo migratorio” por el cual se suplanta el “desplazamiento de individuos” por “cómo corre un líquido o un gas”2 que hace referencia a conceptos físicos.

Pues bien, una vez que aceptamos de forma acrítica este juego de sustitución, y ya introducidos en el paradigma de las “ciencias duras”, sólo nos queda un paso para aplicar el principio de Bernoulli[3] sobre el comportamiento de los fluidos (líquidos y gases) al desplazamiento de personas por motivos socioeconómicos y políticos. Ese paso se da cuando incorporamos en nuestro lenguaje natural el concepto “saldo migratorio”.

Según el INE[4], “el saldo migratorio de un territorio es la diferencia entre el número de personas que entran en ese territorio (inmigrantes) y las que salen del mismo (emigrantes) durante un periodo de un año, es decir si llegan más personas de las que se van el saldo migratorio es positivo y en caso contrario es negativo”. Observamos que para el saldo migratorio el concepto persona es una unidad de cuenta. La concepción de los migrantes como seres humanos que tienen que abandonar su lugar de origen por motivos socioeconómicos y/o políticos, ha sido abolida plenamente. El concepto persona ha sido totalmente alienado para poder ser manejado como unidad de cuenta. La persona está vacía, se la ha privado de las características de su vida y ahora, como si fuera una variable matemática, puede representar cualquier cosa, desde la pura abstracción conceptual de “persona” hasta cualquier relación que la valore “para bien” (rejuvenecer a la población) o la valore para mal (racismo y xenofobia). El qué nos podrá contar esa cuenta dependerá de cómo llenemos esa variable que se ha vaciado, cómo entendamos la unidad Persona.

Una vez introducido el principio de Bernoulli, los conceptos que maneja como la velocidad, la densidad y la presión del fluido, la aceleración gravitatoria, etc. ponen a nuestra disposición herramientas para la construcción de metáforas que nos alejan de las personas y que nos acercan a elementos de la naturaleza. Con ello aparece otra “inocente traslación del sentido”, como si las migraciones fueran consecuencias mecánicas de causas naturales. Esas causas a las que, en el peor de los casos, llamamos desastres naturales y de las que nadie es responsable, solo la naturaleza. A partir de aquí, hemos transformado “¡Son personas, no son números!” en desastre natural o en la voluntad divina “si Dios lo quiere, ¡qué le vamos a hacer!”.

Esa visión en la que prima el número a su unidad, que hace de la cantidad la única herramienta de la razón[5], logra que la Razón, como mecanismo para explicarnos la realidad, se vuelva tan razonablemente mágica que ya no es razón.

 

[1] La unidad se entiende aquí como aquello a lo que se quiere cuantificar u ordenar. Es el concepto como representación mental asociada a un significante lingüístico (RAE).

[2]Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española. Actualización 2017

[3] Principio de Bernoulli: La energía de un fluido ideal en régimen de circulación por un conducto cerrado, permanece constante a lo largo de su recorrido

[4] INEDifusión. Noviembre 2014. https://www.youtube.com/watch?v=DpB_TlVoufc. 17/05/2018

[5] Según la RAE, la razón es la “capacidad de la mente humana para establecer relaciones entre ideas o conceptos y obtener conclusiones o formar juicios”.

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