Esme, la niña que quería ser «bombero»

    En enero de 2019 me encontré el siguiente titular en una noticia de prensa «una niña de cuatro años pide a su madre ser hombre para poder ser bombero porque creía que las mujeres bombero no existían». Ante este hecho, la madre desolada hizo una publicación en Twitter pidiendo que le explicaran a su hija que estaba equivocada. Afortunadamente, las respuestas no se hicieron esperar. La primera la envío el Servicio de Bomberos de West Midlands en formato de vídeo. En ese mensaje explicaban que en su equipo había varias mujeres bombero, al tiempo que animaban a la niña a visitarles. Tras este mensaje llegaron muchos más intentando mostrar a Esme, así se llamaba la niña, que las mujeres bombero existen.

    07/03/2019. Empar Aguado-Bloise, Departamento de Sociología y Antropología Social de la UV
    Ilustración de Laura Saz Almazán

    Ilustración de Laura Saz Almazán

    La niña de la que hablamos ha tenido la gran ventaja de ser hija de la periodista Hannah Summers, una persona capaz de reaccionar rápidamente frente a semejante espejo de la realidad. Este hecho evidencia cómo de arraigada está todavía en nuestra cultura la socialización disimétrica o diferenciada. Una socialización que, a través de sus agentes (familia, escuela, medios de comunicación y redes sociales en todas sus variantes: publicidad, Instagram, videojuegos, “youtubers”), esculpe una cultura mediada y diferenciada.

    Estas barreras de hormigón construidas culturalmente han legitimado unas normas permitiendo que muchas actividades profesionales hayan estado vetadas a las mujeres, sobre todo aquellas con mayor prestigio, mejor remuneración y condiciones de trabajo más atractivas, pongamos por caso, la actividad profesional de la estiba portuaria. En algunos puertos del Estado español, las mujeres accedieron profesionalmente a estas actividades por primera vez en la década de los años 90 del pasado siglo. Y, por si fuera poco, hemos tenido que esperar al año 2018 para que «unas poquitas» mujeres consiguieran acceder como estibadoras en el Puerto de Algeciras por primera vez en la historia. Hecho éste que se ha alcanzado después de no pocas presiones desde plataformas de mujeres (Plataforma de Mujeres Estibadoras de Algeciras) y el sindicato CCOO.

    Hechos como los descritos justifican la necesidad de investigaciones como la realizada por el grupo de investigadores e investigadoras Mujeres en Mundos de Hombres. Como se sostiene en la introducción del libro publicado por este grupo de investigación en la editorial Tirant lo Blanch, y que lleva por título «Segregación ocupacional: participación y reconocimiento de mujeres empleadas en trabajos de dominación masculina», la incorporación de las mujeres al empleo no se da por igual en todos los sectores ni niveles laborales, un acceso al empleo que casi siempre viene acompañado de procesos de segregación ocupacional que afectan negativamente sobre la condición material que soportan las mujeres en el mismo. El contenido del libro se halla estructurado en dos partes: participación y reconocimiento, señalando la necesaria presencia de dos dimensiones de análisis que retroalimentan la segregación ocupacional. Las mujeres siguen soportando un injusto estatus de subordinación que remite, de manera conjunta, a la redistribución -políticas económicas- y el reconocimiento -androcentrismo cultural- (Fraser, 2007). En esta publicación se recogen cinco nuevos ‘casos’ de investigación: policías, estibadoras, técnicas de iluminación y sonido, fotoperiodistas y corresponsales de guerra, que se suman a los hallazgos en el estudio de los casos de pintoras en obra de construcción y maquinistas de tren, mecánicas, informáticas y pilotos (Ibáñez, et. al., 2017) publicado por la editorial CIS en 2017. El trabajo del grupo de investigación Mujeres en Mundos de Hombres coordinadas por Marta Ibañez recibió en el año 2016 el segundo accésit al premio Ángeles Duran, de innovación científica en el estudio de las mujeres y del género.

    Los análisis de datos del mercado laboral corroboran cómo la creciente incorporación de las mujeres a este mercado se concentra en las ramas de actividad y las ocupaciones más feminizadas. Las teorías de la segmentación del mercado de trabajo muestran cómo las condiciones de ocupación varían mucho de unos sectores y ocupaciones a otros. Y es aquí donde se observa que la ocupación femenina, aunque muy dual respecto a las condiciones de empleo, se concentra de manera importante en sectores feminizados y en segmentos de baja calidad. La principal consecuencia de este hecho es que, con frecuencia, en las ocupaciones de dominación masculina se perciben mayores remuneraciones, lo que perpetua la brecha salarial, cuestión que condiciona el bienestar material de las mujeres (y de sus familias) en el presente y en el futuro.

    A su vez, se observa que los índices de segregación por género del mercado de trabajo han variado muy poco en las últimas décadas (Aguado, 2018). Las mujeres se concentran en sectores y ocupaciones muy concretos. Primero, en las actividades tradicionalmente feminizadas: los servicios vinculados al Estado de Bienestar (educación, sanidad y servicios sociales), por un lado, y el trabajo doméstico remunerado, por otro. En segundo lugar, en actividades que presentan una composición bastante equilibrada de mujeres y hombres en sus plantillas. De este modo, en las ocupaciones más masculinizadas prácticamente no aparecen mujeres y la concentración de estas en las ocupaciones feminizadas implica que son ellas las que sufren de manera más importante los efectos adversos de la segregación ocupacional horizontal por género.

    La estructura sexuada de los mercados de trabajo coarta la libertad de elección y decisión de una parte muy importante de la población activa, las mujeres. En las últimas décadas se ha impuesto una retórica mediática de la igualdad según la cual las mujeres son sujetos de los mismos derechos universales que los hombres. No obstante, las investigaciones empíricas devuelven, una y otra vez, evidencias acerca de la existencia de eficaces mecanismos que rompen esta expectativa (Aguado y Ballesteros, 2018). De ahí que la segregación ocupacional tendría que captar la atención de las políticas públicas de empleo. Es necesario abordar estudios de caso para avanzar en la comprensión orgánica de cada sector o mercado de empleo, algo que permitirá observar y analizar tanto los mecanismos y las barreras con los que chocan las mujeres en el acceso y el mantenimiento de ocupaciones masculinizadas, como también las estrategias desplegadas para superar dichos obstáculos. El análisis de las lógicas internas de cada ocupación y sus mercados laborales nos permitirá comprender las condiciones de formación, de contratación, de promoción y, en general, de integración o segregación laboral.

    Que las mujeres del Estado español han alcanzado una tasa de actividad superior a la de la media de la UE ya es un hecho. Sin embargo, siendo esta una noticia positiva, cabe remarcar que dicho fenómeno viene acompañado de una segregación ocupacional que se perpetúa en el tiempo. Y esto último es una cuestión que exige la atención de las políticas públicas y el desarrollo de una estrategia de intervención que debería ir más allá del mercado de trabajo, más allá incluso del sistema educativo, y desplegar una amplia batería de instrumentos con los que atacar la raíz del problema con el objetivo de alcanzar la necesaria transformación de unos agentes de socialización que puntada tras puntada van tejiendo una cultura de desigualdad que es asumida con un carácter más o menos naturalizado a través del nada desdeñable mito de la libre elección. ¿Podrá Esme, la niña que quería ser bombera, aspirar a alcanzar su sueño sin que éste haya de pasar por el deseo de un cambio de sexo?

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